Emanuele Carluccio, presidente EFPA Europa, y Josep Soler, ex presidente de EFPA Europa y consejero ejecutivo de EFPA España, coinciden: los planes de inversión en ETF suponen una oportunidad, pero también un riesgo para el asesoramiento financiero. Lo analizan en el número 24 de Asesores Financieros EFPA.
En el sistema financiero europeo está emergiendo un fenómeno destinado a producir efectos estructurales: la difusión, en diversos países, de los ETF saving plans, planes automáticos de inversión en ETF sustancialmente asimilables a los denominados PAC (planes de acumulación o de inversión de capital).
Se trata de una evolución que, observada con atención, va mucho más allá de la simple introducción de una nueva modalidad de inversión periódica y de bajo coste. Representa la manifestación más visible de una transformación profunda en la forma en que el ahorro se construye, gestiona e intermedia. A este respecto, el caso alemán es emblemático.
ETF, un crecimiento vertiginoso
En los últimos diez años, los planes de acumulación en ETF (ETF Sparplans) han experimentado un crecimiento vertiginoso, respaldado por un ecosistema favorable compuesto por plataformas digitales, bajos costes y una clientela joven y tecnológicamente avanzada. Las cifras muestran que, en Alemania, los planes de ahorro en ETF han atraído sobre todo a personas que antes no invertían, así como a quienes ya estaban habituados a planes de ahorro sistemático en cuentas, seguros o fondos, en coherencia con la cultura alemana de ahorro financiero recurrente y automatizado.
Hoy, Italia es el mercado que parece contar con el mayor potencial de desarrollo. El retraso acumulado en años anteriores, unido a la creciente atención hacia soluciones eficientes y transparentes -en lo que Internet está desempeñando un papel importante-, está creando las condiciones para una rápida aceleración del fenómeno. En España, la fiscalidad de los ETF (sin diferimiento fiscal, a diferencia de los fondos) constituye un freno estructural adicional, unido a la preferencia por el inmobiliario y por activos financieros muy conservadores.
ETF, un cambio profundo
Reducir esta dinámica únicamente a la difusión de los ETF saving plans sería, sin embargo, un error de perspectiva. Este modelo de inversión representa tan solo la punta del iceberg de un cambio mucho más amplio, atribuible a tres directrices fundamentales:
- En primer lugar, la creciente difusión de los ETF como instrumentos de inversión. Su naturaleza transparente, la reducción de costes y la simplicidad operativa los hacen especialmente adecuados para un público amplio, contribuyendo a erosionar progresivamente, en determinados países, las cuotas de mercado de las soluciones tradicionales de ahorro gestionado, como los fondos de inversión, los seguros financieros y las carteras gestionadas.
- En segundo lugar, la entrada en el mundo de la inversión de una nueva generación de ahorradores -jóvenes y vinculados a los canales digitales- que muestran una menor propensión a interactuar con los modelos tradicionales de distribución y que prefieren instrumentos simples, accesibles e inmediatamente utilizables.
- Por último, el papel de nuevos intermediarios caracterizados por una marcada vertiente fintech: estos operadores, gracias a plataformas tecnológicas avanzadas y estructuras ligeras, ofrecen servicios eficientes y de bajo coste, posicionándose como una alternativa real a los canales bancarios y a los asesores tradicionales.
La combinación de estos tres factores representa, para los intermediarios financieros tradicionales, un desafío de gran magnitud. Por un lado, la difusión de los ETF implica una compresión de los márgenes, ya que dichos instrumentos -en un contexto de fijación de precios (pricing) guiada por retrocesiones- generan gastos y comisiones sensiblemente inferiores a los de los productos tradicionales. Por otro lado, el cambio en los comportamientos de las nuevas generaciones corre el riesgo de reducir el papel de las redes de distribución, desplazando el centro de la relación con el cliente hacia plataformas digitales.
Elementos críticos
Si, desde una perspectiva inicial y superficial del inversor, esta evolución podría interpretarse como un progreso -mayor eficiencia, menores costes y acceso democratizado a la inversión-, un análisis más profundo pone de relieve algunos elementos críticos que merecen especial atención, muy en particular para el asesoramiento financiero profesional.
El núcleo central reside en el modelo operativo adoptado por la mayoría de los operadores fintech, fuertemente orientado al régimen de solo ejecución. En este contexto, el intermediario se limita a proporcionar una infraestructura de compraventa de instrumentos financieros, evitando cuidadosamente entrar en el ámbito del asesoramiento regulado por la normativa MiFID. Esta elección, a menudo motivada por la necesidad de simplificar la operativa y contener los costes regulatorios, podría tener consecuencias negativas relevantes para el inversor y para la colectividad en su conjunto.
Da la impresión de que existe, por parte de estos operadores, una auténtica aversión a cualquier actividad que pueda ser, siquiera indirectamente, reconducida al asesoramiento financiero personal. De ello deriva un enfoque excesivamente prudente que empuja a esta nueva generación de operadores no solo a evitar el perímetro del asesoramiento en sentido estricto, sino también a renunciar a proporcionar herramientas que, aun sin constituir recomendaciones personalizadas, podrían apoyar de forma significativa las decisiones de inversión de los usuarios.
El resultado es que los inversores pueden encontrarse privados de cualquier guía en la fase más delicada del proceso: la construcción de la cartera. Si bien disponen de canales eficientes de acceso a los mercados y de sistemas avanzados de reporting, carecen de herramientas adecuadas para definir una asignación de activos coherente con sus objetivos, su horizonte temporal y su tolerancia al riesgo.
Una situación paradógica
Se crea así una situación paradójica: para evitar el riesgo de invadir el ámbito del asesoramiento regulado, los nuevos operadores optan por mantenerse alejados de cualquier actividad de apoyo a la toma de decisiones, lo que termina por privar a los inversores de elementos esenciales para construir carteras racionales y sólidas.
Las implicaciones de este escenario están lejos de ser insignificantes. Los capitales gestionados mediante estas modalidades ágiles y carentes de apoyo pertenecen, en gran medida, a jóvenes ahorradores que deberán confiar en ellos para su bienestar futuro. En ausencia de una guía adecuada, el riesgo es el de una gestión desordenada e ineficiente, con carteras potencialmente concentradas, poco diversificadas y no coherentes con objetivos a largo plazo, además de desajustadas a las características personales de cada inversor.
Un ejemplo emblemático podría ser la acumulación, a lo largo de los años, de posiciones excesivamente concentradas en inversiones de alto riesgo -como renta variable estadounidense, alta tecnología, determinadas temáticas bursátiles o criptomonedas- sin una verdadera conciencia de los riesgos subyacentes. Al inicio del período de inversión -es decir, hoy- esta concentración resulta poco relevante, porque el capital invertido es modesto y el horizonte temporal es amplio; pero dentro de diez o quince años, cuando los recursos acumulados sean significativos y el tiempo de recuperación limitado, estas decisiones podrían traducirse en resultados desastrosos o, al menos, inadecuados.
ETF y la revisión de los modelos
A la luz de estas consideraciones, parece evidente la necesidad de replantear el modelo global de gestión del ahorro, tanto en interés del sistema financiero como de la economía en general. Así, para los objetivos de la Unión de Ahorros e Inversiones (Savings and Investment Union) de la Unión Europea, resulta aún más vital el impulso y la orientación que solo pueden proporcionar los asesores profesionales.
Los intermediarios tradicionales están llamados a una profunda revisión de sus modelos de negocio. En particular, resulta cada vez más urgente adoptar progresivamente lógicas de fijación de precios basadas en modelos fee only (solo honorarios a cargo del cliente), en los que la remuneración esté vinculada a los activos bajo asesoramiento y no a la distribución de productos específicos. De este modo, se creará el entorno adecuado para integrar los ETF en la gama de productos y abrirse al asesoramiento financiero personal.
Paralelamente, será necesario desarrollar modelos avanzados de construcción de carteras capaces de justificar dicha remuneración mediante un valor añadido efectivo para el cliente. En este contexto, la inversión basada en objetivos (goal-based investing) representa una de las fronteras más interesantes, al desplazar la atención desde la mera gestión del riesgo hacia la consecución de metas concretas y planificadas.
Lamentablemente, algunos obstáculos frenan su difusión: una regulación no siempre alineada con lógicas basadas en objetivos, la necesidad de importantes inversiones tecnológicas y el creciente tiempo que un asesor debe dedicar a la construcción de carteras y a la planificación financiera personal (financial planning).
El papel del regulador
También los operadores fintech deberán iniciar una reflexión estratégica. Manteniendo modelos operativos eficientes y escalables, será oportuno valorar la introducción de servicios que, incluso sin configurarse como asesoramiento pleno en sentido estricto, puedan proporcionar a los usuarios herramientas útiles para orientar sus decisiones. La construcción de modelos de apoyo a la asignación de activos representa, en este sentido, un ámbito de desarrollo natural y necesario.
Por último, el papel crucial corresponde al regulador. El actual marco de verificación de la coherencia de la cartera con el perfil del inversor no es, a nuestro juicio, plenamente coherente con la evolución hacia modelos de inversión basados en planes de largo plazo y objetivos específicos.
Por ejemplo, en la lógica de idoneidad hoy extendida en España, Italia y otros países de la UE, existe poco espacio para el desarrollo de modelos de inversión basados en objetivos, que requieren una elevada exposición a renta variable en presencia de horizontes de inversión muy largos. Pensar que un umbral de VaR o de pérdida potencial media de una cartera (expected shortfall), calculado a corto plazo, pueda representar una herramienta de control para una cartera concebida bajo esta perspectiva resulta dudoso.
Objetivo: mejores resultados
A la luz de ello, una reflexión profunda sobre la posibilidad de adaptar el marco regulatorio a estas nuevas exigencias resulta no solo oportuna, sino necesaria. Asimismo, convendría cambiar la lógica de interlocución con el mundo fintech: en lugar de preocuparse únicamente de que estas plataformas invadan el ámbito del asesoramiento sin estar autorizadas, es igualmente -o incluso más- importante promover el uso de herramientas que orienten las decisiones y eviten una excesiva concentración de las inversiones y, por consiguiente, una exposición al riesgo desproporcionada.
En última instancia, lo que está en juego es un asunto de gran importancia. No se trata simplemente de acompañar la innovación tecnológica o favorecer la difusión de instrumentos más eficientes, sino de garantizar que la evolución del sistema financiero conduzca a mejores resultados para los inversores y para la economía en general.
Simplicidad y bajo coste no es sinónimo de calidad
Una regulación eficaz y una oferta de servicios adecuada no deben constituir un obstáculo, sino un factor habilitador para la construcción de modelos más sólidos, coherentes y orientados al bienestar futuro de la colectividad. El verdadero riesgo que hoy se insinúa a través de la tecnología y la web es sutil, pero extremadamente invasivo: la idea de que construir una buena solución de inversión es una operación simple, casi banal, realizable en pocos clics.
La facilidad de acceso a los mercados y la drástica reducción de costes están alimentando progresivamente una convicción extendida y peligrosa: que simplicidad y bajo coste son sinónimos de calidad. Sin embargo, se trata de una simplificación engañosa, ya que, si bien hoy resulta fácil comprar instrumentos financieros, sigue siendo complejo construir una cartera sólida, coherente y alineada con los objetivos vitales del inversor.
El riesgo, por tanto, es el de incurrir en un verdadero «pecado original»: creer que una cartera puede nacer y desarrollarse eficazmente sin el apoyo de una guía competente. Una convicción que, si se consolida, puede producir efectos duraderos y difícilmente reversibles, especialmente para esa franja de nuevos inversores que hoy da sus primeros pasos en los mercados.
Educación financiera no es ‘hazlo tú mismo’
Confiar exclusivamente en la educación financiera -como en ocasiones se pregona, equivocadamente, incluso por parte de algunas autoridades- resulta reductivo- resulta reductivo. No por su falta de importancia, sino porque hoy corre el riesgo de quedar dominada por discursos que exaltan el «hazlo tú mismo» y simplifican en exceso la inversión. Como en salud, la prevención es útil, pero no lo son el autodiagnóstico ni la automedicación; en finanzas sucede algo similar.
El riesgo es promover una autonomía sin método, disciplina ni estructura. Por eso, la solución no pasa solo por educar mejor -invertir exige formación continua-, sino por transformar la oferta. Los intermediarios tradicionales tienen aquí un papel clave: deben elevar sus competencias y superar su visión defensiva frente a los ETF. El reto no es evitarlos, sino integrarlos en modelos de asesoramiento capaces de generar valor a través de carteras bien construidas, no de la mera selección de productos.
Algunas entidades ya avanzan en esta dirección, aunque aún con cautela. A la vez, es fundamental atender a los jóvenes inversores, hoy con recursos limitados pero futuros clientes naturales. Ignorarlos implica renunciar a relaciones a largo plazo.
Sin una evolución del asesoramiento y del papel profesional de los intermediarios, el resultado puede ser una generación autónoma en sus decisiones, pero débil en sus resultados. En ese equilibrio -entre autonomía y guía, simplicidad y competencia- se decidirá el futuro de la gestión del ahorro.


























