Pocos momentos se revelan tan idóneos para escuchar las reflexiones de Mira Milosevich como el actual, especialmente cuando le preguntan por Europa y responde con la clarividencia propia de quien ha asesorado en el Parlamento Europeo, el Parlamento Español, el del Parlamento del Reino Unido, y la OTAN, pasando por el Departamento de Estado de los Estados Unidos en cuestiones de Seguridad relacionadas con la guerra híbrida de Rusia en Occidente.
Doctora en Estudios Europeos por la Universidad Complutense de Madrid y Licenciada en Sociología y Ciencias Políticas por la Universidad de Belgrado, hoy es investigadora sénior del Real Instituto Elcano para Rusia, Eurasia y los Balcanes y ponente destacada de la jornada del 7 de mayo de la IX edición de EFPA Congress. Solo hay que asomarse a segunda parte de nuestra conversación previa al congreso con ella, para saber que su intervención será una de las más escuchadas del encuentro. Si aún lo estás pensando, no dudes en inscribirte.
¿Qué rol debería adoptar Europa para seguir siendo un continente relevante a nivel político y económico en las próximas décadas?
La respuesta más breve es clara: alcanzar la autonomía estratégica. Desde la crisis financiera y económica de 2008 se repite que Europa ha recibido un wake up call, que el despertador ha sonado. Europa, en realidad, está despierta, pero aún no se ha levantado de la cama. Conoce el diagnóstico, pero todavía no ha adoptado las decisiones necesarias.
Para lograr la autonomía estratégica, Europa debe asumir que ser una potencia normativa y económica, además en un contexto de desaceleración del crecimiento y pérdida de competitividad, no equivale automáticamente a ser un actor estratégico y políticamente relevante.
Europa será relevante en el plano económico y político si actúa menos como un gran mercado regulatorio y más como un actor estratégico pleno, capaz de proteger su base económica, proyectar poder normativo con credibilidad y sostener su seguridad en un entorno de rivalidad entre grandes potencias.
¿Está Europa cerca de ejercer ese rol?
Ese giro ya aparece en la agenda reciente de la Unión, con un énfasis explícito en la competitividad, la seguridad económica y la preparación industrial en materia de defensa. Sin embargo, es más sencillo formular ese objetivo que materializarlo.
Ha resurgido el debate sobre una Europa de dos velocidades como fórmula para agilizar la toma de decisiones, agrupando a los países dispuestos a avanzar más rápido en la integración.
En cualquier caso, la relevancia económica depende de recuperar el crecimiento en productividad, escala e innovación, no únicamente de redistribuir o regular. En enero de 2025, la Comisión presentó una hoja de ruta para restaurar el dinamismo y el crecimiento, mientras que el Consejo ha vinculado esta agenda a las recomendaciones del informe Draghi sobre competitividad. Asimismo, la Comisión adoptó el paquete Ómnibus, que introduce una regulación más flexible con el objetivo de reforzar la competitividad de las empresas europeas.
¿Cuál es el talón de Aquiles más evidente que impide avanzar a Europa en esa dirección?
Europa no carece principalmente de ideas, tecnología o marcos regulatorios. Lo que más escasea es un liderazgo político dispuesto a disciplinar y coordinar las demás dimensiones.
En el contexto actual, el liderazgo político constituye la restricción vinculante. La capacidad industrial y tecnológica puede desarrollarse, importarse o articularse mediante alianzas. La autoridad política no. Con todo, el problema de fondo no radica en elegir entre liderazgo político, industrial o tecnológico, sino en la incapacidad de alinearlos bajo una jerarquía estratégica común. Hoy avanzan en direcciones divergentes.
Europa necesita, en primer lugar, liderazgo político para fijar prioridades y asumir costes; en segundo lugar, liderazgo industrial para traducir la estrategia en capacidades; y, en tercer lugar, liderazgo tecnológico para sostener la ventaja a largo plazo. Actualmente dispone del tercero, fragmentos del segundo y no lo suficiente del primero.
¿Qué papel real puede jugar China en el equilibrio entre Rusia y Occidente en los próximos años?
China puede desempeñar un papel relevante, pero no como árbitro neutral entre Rusia y Occidente. Aunque no es formalmente aliada de Moscú, su política exterior mantiene una alineación estratégica clara con la rusa. Su margen real de actuación no consiste en mediar entre bloques, sino en modular la resiliencia rusa, a través de la financiación, la energía, el comercio y el suministro de tecnología de doble uso, y en gestionar su propia exposición a sanciones y al deterioro de las relaciones con la Unión Europea y Estados Unidos. Pekín actúa como potencia de equilibrio en su propio beneficio, no como mediador sistémico.
Desde 2022, la relación entre Rusia y China se sustenta en una convergencia estratégica explícita, plasmada en la declaración conjunta de febrero de ese año y en el marco del denominado acuerdo sin límites. Sin embargo, esa convergencia responde a una lógica eminentemente pragmática guiada por el interés geopolítico. China no desea una derrota rusa que refuerce la credibilidad occidental y libere recursos estratégicos para el Indo Pacífico. Utiliza a Rusia como proveedor energético y como socio estratégico frente a Estados Unidos, pero evita un compromiso que active sanciones secundarias o comprometa su acceso a tecnología y mercados occidentales.
¿Cómo ejerce su influencia?
La influencia china sobre Rusia se ejerce más a través de palancas materiales que de iniciativas diplomáticas. El comercio bilateral ha aumentado desde 2022 y se ha convertido en uno de los pilares de la capacidad rusa de resistencia. En 2024 el intercambio se estabilizó en torno a 245.000 millones de dólares y en 2025 se registró una caída interanual, según los datos aduaneros chinos, sin que ello indique una ruptura estructural del vínculo.
En el ámbito energético, Rusia ha redirigido una parte creciente de sus exportaciones hacia Asia, mientras que China adquiere esos recursos con descuentos significativos. Este esquema sostiene los ingresos rusos y, al mismo tiempo, refuerza la posición negociadora de Pekín como comprador dominante.
China no determina la evolución del campo de batalla, pero sí puede diluir el aislamiento político de Rusia, bloquear consensos en foros internacionales y sostener narrativas como la de la seguridad indivisible, junto con críticas sistemáticas al régimen de sanciones.
¿Cuál es la palanca más sensible?
La palanca más sensible es la tecnológica. Pekín proporciona suficiente apoyo en componentes y bienes de doble uso para que Rusia mantenga su capacidad industrial y militar, pero calibra cuidadosamente ese apoyo para no cruzar líneas que desencadenen medidas punitivas occidentales que perjudiquen sus propios intereses. Esta tensión entre apoyo estratégico y autoprotección constituye uno de los ejes centrales del debate actual.
Con todo, China no será un actor principal en el reequilibrio de las relaciones entre Rusia y Occidente porque carece de incentivos para ello. Mientras la guerra en Ucrania continúe, Occidente permanece estratégicamente absorbido por el frente europeo, siempre que el conflicto no se desborde. Además, aunque China puede influir sobre Rusia, no puede dirigirla. Incluso la relación definida como sin límites encuentra límites cuando colisionan los intereses nacionales.
Rusia y China seguirán siendo socios con una alineación significativa en política exterior, en la medida en que ambos identifican a Estados Unidos como su principal adversario estratégico.
Por último, Pekín es consciente de que Europa atraviesa una situación particularmente delicada, marcada por la guerra en Ucrania y por la tensión en la relación transatlántica. Esa vulnerabilidad reduce el margen europeo de maniobra frente a China y forma parte del cálculo estratégico chino.































