Durante la última década, la gestión pasiva ha ganado prácticamente todos los debates que importaban. La evidencia sobre los costes es abrumadora y la relativa a los resultados, casi igual de contundente: en 2025, alrededor del 71% de los fondos de renta variable global quedó por detrás de su índice de referencia y, en el caso de la bolsa española, la cifra rozó el 96%. Con esos datos sobre la mesa, recomendar un fondo indexado de bajo coste parece la decisión más prudente que puede tomar un asesor.
Y, en muchos casos, lo es. Pero precisamente porque la indexación se ha convertido en la opción por defecto, tenemos la obligación profesional de mirar más allá del titular: su propio éxito está introduciendo riesgos nuevos que buena parte de los inversores, y no pocos profesionales, confunden con seguridad.
El primero es la concentración. A cierre de 2025, las siete grandes tecnológicas estadounidenses, las llamadas «Siete Magníficas», pesaban en torno al 34% del S&P 500, frente a apenas un 12% diez años antes; a mediados de 2026 siguen representando cerca de un tercio del índice.
Conviene detenerse en lo que esto significa de verdad. Un inversor convencido de estar diversificado «en 500 empresas» tiene, en realidad, un tercio de su patrimonio ligado a la suerte de un puñado de compañías que además comparten la misma exposición temática: la inteligencia artificial. La diversificación nominal esconde una concentración real, y esa distancia entre lo que el cliente cree tener y lo que efectivamente tiene es terreno directo del asesor.
Gestión pasiva: una vista atrás…
Para dimensionar el fenómeno ayuda mirar atrás. En el pico de la burbuja puntocom, en marzo de 2000, los siete mayores valores del índice pesaban alrededor de un 19%. Hoy hablamos de niveles sensiblemente superiores. No es un argumento para predecir una caída inminentel, nadie sabe cuándo llega, sino para recordar que la concentración extrema ha precedido históricamente a los episodios de mayor volatilidad, y que un índice que hoy parece plácido puede comportarse como una apuesta sectorial encubierta.
El segundo riesgo es más sutil y afecta al propio mecanismo. Un fondo indexado por capitalización compra en función del tamaño de mercado, no del valor. Cuando una acción sube, el índice la pondera más y el fondo se ve obligado a comprar más de lo que ya está caro; cuando cae, la vende. Por diseño, el sistema sobrepondera lo sobrevalorado e infrapondera lo infravalorado. A ello se añade un efecto agregado que la literatura reciente empieza a cuantificar: el creciente peso de la gestión pasiva ha hecho los mercados en torno a un 11% más inelásticos. Es decir, los precios reaccionan con más fuerza a los flujos de entrada y salida, porque queda menos capital dispuesto a hacer de contrapeso valorando fundamentales. En las subidas, amplifica; en las bajadas, también.
Decisiones: de la toma a la delegación
A este cuadro se suma una frontera nueva. La entrada acelerada de grandes compañías recién cotizadas en los índices de referencia, con reglas de acceso rápido que acortan los plazos tradicionales de cotización, obliga a los vehículos pasivos a comprar volúmenes elevados con independencia de los fundamentales o del precio de salida. El inversor indexado no vota esa decisión: la delega en un comité de índice cuyos criterios son de tamaño y liquidez, no de calidad ni de valoración. Comprar «el mercado» ha dejado de ser un acto neutral; es aceptar, sin margen de maniobra, las reglas de quien construye el índice.
Y aquí está, a mi juicio, el punto que todo asesor debería trasladar con claridad: la gestión pasiva no elimina las decisiones, las traslada. Elegir un índice es, en sí mismo, una decisión profundamente activa sobre qué mercado, qué ponderación y qué sesgos estamos dispuestos a aceptar. El fondo será pasivo; la planificación, nunca debería serlo. Confundir un vehículo barato con una cartera bien construida es uno de los errores más caros que puede cometer un inversor tranquilo, porque es un error que no duele hasta que llega la corrección.
¿Significa todo esto renunciar a la indexación?
En absoluto. Significa usarla con criterio. Un plan bien diseñado puede combinar la eficiencia en coste del índice con correcciones deliberadas del riesgo de concentración: exposición a índices equiponderados, sesgos por factores o por tamaño, diversificación geográfica real más allá de Estados Unidos, o una porción de gestión activa allí donde la selección aporte valor añadido. Y, por encima de todo, exige acompañamiento conductual. El mayor riesgo del inversor indexado no es el índice en sí, sino su propia reacción el día en que ese tercio concentrado corrija, y lo hará en algún momento. El trabajo del asesor consiste en que esa corrección no le encuentre ni sobreexpuesto ni desprevenido.
Gestión pasiva y democratización
La gestión pasiva ha democratizado el acceso a los mercados y ha rebajado los costes de una forma que hace veinte años resultaba impensable. Es, sin matices, una buena noticia. Pero como toda herramienta poderosa, su riesgo crece cuando se emplea sin entenderla.
Nuestra labor, la de los profesionales de la planificación financiera, no es escoger bando entre gestión activa y pasiva, sino recordar una idea tan incómoda como necesaria: la palabra «pasivo» describe el vehículo, jamás la responsabilidad. En un mercado cada vez más concentrado e inelástico, esa distinción no es un matiz técnico. Es, probablemente, el mayor valor que hoy podemos aportar a nuestros clientes.





























