Hace años que Domingo Payo, antes responsable de oficina y hoy profesor de secundaria, cambió ‘clientes’ por ‘alumnos’, el banco por el aula: pero no de propósito: dotarles de criterio financiero antes de que lleguen sus primeras grandes decisiones. Compartimos esta historia publicada en el número 23 de Asesores Financieros EFPA.
Que levante la mano (simbólicamente) quien esté leyendo este texto y no se haya encontrado con una pareja de jóvenes —y no tan jóvenes— que firma su primera hipoteca sin entender del todo qué está firmando. Para sortear ese peligroso limbo en el que se cruzan decisiones y desconocimiento surge la educación financiera, la primera y gran línea de flotación al alcance de las familias, que, sin embargo, se diluye en un sistema educativo que tradicionalmente ha postergado ese conocimiento hasta la vida adulta. Craso error, porque, como veremos a continuación, “el adulto que no planifica suele ser el joven que nunca interiorizó conceptos económicos básicos”.
La frase es de Domingo Payo (EFA), asociado de EFPA España desde 2014. Tras iniciarse en el sector seguros, trabajó durante 13 años en el ban cario (en Caja Laboral y Cajamar Caja Rural). Durante esta etapa, vio a profesionales formados y competentes firmar hipotecas o contratar productos de inversión sin comprender realmente su coste total. Con el tiempo entendió que “faltaba base. Faltaba entender cómo funciona de verdad el interés compuesto, qué implica una variación de tipos o por qué el riesgo no desaparece, aunque la rentabilidad pasada haya sido positiva”.
De aquellas lagunas en el aula… estos lodos
Cuando aprobó las oposiciones que le abrieron las puertas del aula de secundaria como ‘profe de la ESO y Bachillerato’, empieza a unir los puntos de un patrón que le resulta ‘familiar’. En clase entendió que el problema no era técnico, sino estructural. Aquellas lagunas que recordaba de sus días de oficina no surgían en la edad adulta: “Me sorprendió comprobar que ya estaban presentes en alumnos de 15 o 16 años”, explica. De la oficina bancaria al aula La decisión estaba tomada. El aula iba a ser ahora su terreno de juego. Podría haberse limitado al currículo oficial. Pero no lo hizo: “Mi experiencia profesional era un valor añadido que no podía desaprovechar”.
Después de años viendo familias ajustar presupuestos, jóvenes asumir su primera hipoteca o pequeños empresarios planificar financiación, le resultaba imposible explicar economía como una teoría abstracta. “Entendí que podía hacer algo más que enseñar teoría económica; podía enseñar a pensar económicamente”, comparte el profesor. Su objetivo no fue convertir anécdotas en relatos motivacionales, sino transformar la experiencia en metodología. “Cuando un alumno entiende que el presupuesto no es una tabla de Excel sino una herramienta de estabilidad, la economía deja de ser un contenido académico y se convierte en una herramienta personal”, observa el entrevistado.
Payo, que forma parte de los formadores voluntarios del Programa EFPA de Educación Financiera, lo tiene claro: la educación financiera es el primer eslabón de la planificación responsable. E insiste: toda decisión conlleva consecuencias. Una de las más evidentes, pero no siempre percibida como tal, es la elección de estudiar una carrera universitaria: “A menudo se presenta como una elección vocacional, pero también es una decisión económica”. Esto es: matrícula, alquiler, transporte, manutención. A veces ahorro. A veces deuda. “Analizar qué implica pedir un préstamo para estudiar no es frenar sueños, es entender que toda inversión requiere planificación”, destaca. Lo mismo ocurre con la primera nómina pues, tal como afirma, “la diferencia entre quien ahorra desde el principio y quien vive al límite no es casual. Es cultura financiera”.
Pensamiento crítico en tiempos de redes
¿El futuro? Complicado, “pero con margen de mejora”. Payo señala que los informes de PISA muestran que una parte significativa del alumnado no domina conceptos financieros básicos antes de finalizar la educación obligatoria. “Eso implica que muchas decisiones vitales se toman sin una base sólida”, recuerda. Su trabajo es hoy, más que nunca, esencial. Y a los jóvenes se debe, y conoce cada vez más.
Si hay un momento revelador en clase, suele tener nombre propio: interés compuesto: “Al principio lo ven como una fórmula más. Pero cuando comparan ahorrar desde los 22 frente a empezar a los 30, entienden que el tiempo no es neutro en economía. El tiempo multiplica decisiones”. Ahí se produce el cambio mental: “Dejan de ver el dinero como algo estático y empiezan a verlo como algo dinámico”, destaca Payo. Y aquí es inevitable ‘abrir el melón’: las redes sociales y la desinformación, como hemos visto en páginas anteriores.
Es una de las cuestiones que más le preocupan actualmente, pues detecta que muchos alumnos están expuestos a mensajes que prometen rentabilidades rápidas o inversión ‘sin riesgo’: “El problema no es que se interesen por invertir; eso es positivo. El problema es la descontextualización y los sesgos”. Por eso, en clase analizan mensajes reales: qué se promete, qué datos se ofrecen y, sobre todo, qué se omite. “Si algo parece demasiado sencillo o rentable, probablemente merece un análisis más profundo”, concluye el profesor. Ese hábito crítico, insiste, es más valioso que cualquier recomendación concreta.




























