Con más de 700 inscritos, la conversación entre Alejandro Campot y Javier Bello en un webinar organizado por EFPA España volvió a dejar claro que el futuro del sector pasa tanto por la integración de la IA como por la responsabilidad de aplicarla con criterio humano.
“El cambio tecnológico que estamos viviendo es tan grande que aún no lo dimensionamos”. Con esta idea como punto de partida, Alejandro Campot, psicoanalista, ensayista, profesor e investigador, se adentró en uno de los debates más relevantes del momento: el impacto de la inteligencia artificial en el ejercicio profesional y, especialmente, en la toma de decisiones.
A lo largo de la sesión, introducida por Javier Bello, miembro de la Junta Directiva de EFPA España, se fue dibujando un escenario en el que la tecnología no solo transforma herramientas, sino también comportamientos. Advirtió que “cada vez tenemos más aplicaciones, más programas, más ayudas”, lo que podría hacernos pensar que somos más libres o más eficientes. Sin embargo, de forma indirecta, se plantea la paradoja de la superabundancia que puede llevar, precisamente, a lo contrario: una progresiva pérdida de capacidades.
El núcleo de la reflexión giró en torno a un riesgo silencioso: la delegación del juicio profesional. “El problema nunca es la herramienta, sino la tendencia humana al facilismo”, afirmaba Campot, señalando que el verdadero peligro no está en la inteligencia artificial en sí, sino en el uso acrítico que se haga de ella. Cuando el profesional deja de cuestionar y se limita a aceptar lo que la tecnología propone, comienza a debilitar su criterio.
De quién es el criterio
En este sentido, se introdujo una distinción clave entre tres actitudes posibles ante la tecnología: rechazarla, someterse a ella o integrarla de forma consciente. Y es esta última la que se defiende como la única viable. No se trata de renunciar a la innovación, sino de “conservar las capacidades humanas y usar el medio tecnológico”, manteniendo intacta la capacidad de análisis, intuición y pensamiento crítico.
Otro de los aspectos destacados fue el impacto de los sesgos. Tradicionalmente, toda decisión profesional ha estado condicionada por sesgos personales; sin embargo, ahora se añade una nueva capa: los sesgos algorítmicos. Campot puso sobre la mesa que confiar ciegamente en la inteligencia artificial no elimina errores, sino que puede multiplicarlos o hacerlos menos visibles.
La reflexión avanzó hacia una idea central: el valor del profesional en el futuro no residirá en el acceso a la tecnología —cada vez más democratizada—, sino en su capacidad de interpretarla y cuestionarla. “El profesional del futuro no será quien delegue su intuición en la tecnología, sino quien la entrene y la combine con ella”, se apuntaba.
Así, el webinar, que contó con más de 700 inscritos, terminó planteando un reto claro: dominar la herramienta sin convertirse en ella. En un entorno donde lo inmediato y lo automático ganan terreno, se reivindica el pensamiento pausado, el criterio propio y la responsabilidad como elementos diferenciales. En definitiva, más allá de lo técnico, la sesión dejó una idea de fondo: la inteligencia artificial no sustituye al profesional, pero sí redefine lo que significa ser uno. Y en ese nuevo escenario, la verdadera ventaja competitiva seguirá siendo profundamente humana.
Una conversación sobre la tecnología, criterio humano y el futuro del ejercicio profesional que seguirá en un nuevo webinar con foco en la conciencia profesional.




























