Tras el estallido de la fiebre de los tulipanes en los Países Bajos, Europa no tardó en encontrar un nuevo espejismo financiero. Esta segunda entrega de nuestra serie sobre las primeras burbujas especulativas, publicada en el número 22 de Asesores Financieros EFPA, nos lleva al corazón del Londres del siglo XVIII, cuando la South Sea Company prometía riquezas infinitas en mares lejanos, pero terminó dejando una estela de ruina, escándalo y una lección que ni siquiera Isaac Newton supo calcular.
Londres, invierno de 1719. El humo de las chimeneas se mezcla con el bullicio de Change Alley, donde corredores y tinteros se cruzan apresurados. La ciudad ha heredado una deuda monstruosa tras la Guerra de Sucesión Española. El Estado debe unos 50 millones de libras —una cifra inconcebible—, financiadas en parte por bonos que han escapado al control directo del Gobierno.
En este contexto surge una figura central: la South Sea Company, fundada en 1711 como mecanismo para consolidar parte de la deuda nacional y ofrecer, a cambio, una ilusión de comercio lucrativo: el famoso asiento de esclavos con América del Sur, concedido por el Tratado de Utrecht en régimen de monopolio. La maniobra buscaba «convertir deuda gubernamental en acciones infladas» para extraer la diferencia entre el valor real y el valor inflado de mercado. Aunque la realidad de ese comercio fue casi simbólica —apenas un barco al año—, se creó una narrativa poderosa.
Un matrimonio extraño: deuda pública y fantasía exótica en un tiempo en que pocos viajaban más allá de su comarca. La compañía empezaba a parecer un mecanismo mágico, casi un hechizo financiero capaz de convertir «papel sin valor» en la promesa de oro y especias de ultramar. Y, como siempre, habría a quienes ese tipo de promesas les resultara irresistible.
Las promesas del Sur
A partir de 1720, la South Sea Company convenció al Parlamento de permitirle absorber más deuda estatal, canjeándola por acciones. El plan era en apariencia muy simple: los tenedores de deuda recibirían acciones que, se decía, subirían sin cesar gracias a las inmensas ganancias del comercio con las colonias españolas. Fue una gigantesca operación de ingeniería financiera, en la que el crédito público se disfrazaba de promesa comercial. Se intercambiaban deudas tangibles hoy por promesas de oro mañana. Un canje que necesitaba de inversores ansiosos.
La acción pasó de 600 a 1.000 libras en junio de 1720. De nuevo, algo posible gracias al incremento del dinero en circulación vía préstamos masivos:
- 11 millones en préstamos otorgados por la propia South Sea Company.
- 1 millón del Gobierno en Exchequer bills.
- 102 000 de la Royal African Company.
- Y préstamos colaterales del Bank of England.
Para acabar de alimentar la burbuja, los directores de la South Sea lanzaron oleadas de rumores, promesas y hasta sobornos bien calculados sobre los tesoros que aguardaban en aquellos territorios ignotos. Parlamentarios, duques, obispos y hasta el propio Jorge I participaron en las suscripciones, generando una sensación de seguridad. El valor de las acciones saltó de unas 100 a más de 1 000 libras en pocos meses, una multiplicación que dejó atónitos incluso a los viejos usureros de Change Alley. Se fundaron docenas de compañías imitadoras, muchas tan absurdas que un folleto satírico anunciaba: “Para llevar a cabo un proyecto de gran beneficio, que será comunicado a los interesados a su debido tiempo”. Las meme coins de la época.
El público acudía a los cafés con frenesí. Se cuenta que en Garraway’s y Jonathan’s los corredores trepaban a sillas para vocear precios. Londres entera hablaba de fortunas construidas en días que alimentaban una espiral de codicia.
La caída de Newton
Entre los atrapados en esta corriente se encontró el propio Isaac Newton, entonces director de la Royal Mint. Al inicio de todo, y previsiblemente por su buena posición, Newton compró acciones, obtuvo un buen beneficio y se retiró cuando las ganancias le parecieron suficientes. Sin embargo, al ver que el precio seguía escalando, volvió a entrar… justo antes del colapso, perdiendo el equivalente a varios millones de libras a precios actuales. Fue un golpe duro en lo económico, que concluyó con la célebre frase: «Puedo calcular el movimiento de los cuerpos celestes, pero no la locura de la gente».
No sabemos si Newton, una de las mentes más brillantes que han caminado por la superficie terrestre, llegó a entender que la frase también hablaba de su propio comportamiento. Su caso es el emblema perfecto de cómo hasta las mentes más racionales pueden sucumbir al miedo a quedarse fuera. La historia se repite no porque cambien las finanzas, sino porque la mente humana sigue siendo la misma.
Ruina y resaca duradera
De nuevo, bastó un leve giro en el viento para que la confianza se quebrase. Ocurrió a mediados de 1720: inversores que habían multiplicado su fortuna comenzaron a vender para asegurar ganancias. Otros, alarmados por la velocidad de la caída, trataron de seguirlos. Las colas en Change Alley se transformaron en tumultos, y el valor de las acciones, que había rozado las 1.000 libras, colapsó en cuestión de pocas semanas hasta apenas 120 al final de ese año. Como con los tulipanes, roto el encanto, el precio tiende a converger hacia su fundamental.
Las historias personales dieron un tono casi shakespeariano a la tragedia colectiva: banqueros que se arrojaron al Támesis, clérigos que habían invertido sus diezmos y familias enteras reducidas a la pobreza. Al mismo tiempo, muchos aristócratas lograron protegerse descargando sus acciones a tiempo, alimentando el resentimiento popular.
El escándalo se trasladó a Westminster. El Parlamento lanzó investigaciones para descubrir los manejos de la compañía y de los ministros que habían autorizado los sucesivos canjes de deuda. Hubo juicios y confiscaciones: la furia pública necesitaba culpables. Como reacción, en 1720 se promulgó el Bubble Act, que prohibía crear compañías sin un acta explícita del Parlamento: un intento —vano, como se demostraría con el tiempo— de poner un dique legal a la especulación desenfrenada. Una huella indeleble que marcaría enormemente la memoria financiera durante décadas… hasta que vuelve a colarse el manido mantra, probablemente las cuatro palabras más peligrosas en el parqué: “This time is different”.

