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John Law, el jugador que quiso reinventar el dinero

Todo empezó con una muerte. En abril de 1694, un joven escocés llamado John Law acabó con la vida de otro hombre en un duelo —una disputa trivial, como tantas en los salones londinenses— y fue condenado a la horca. Escapó de la prisión antes de la ejecución y huyó del país. Así empieza la leyenda de uno de los personajes más fascinantes y contradictorios de la historia financiera, que abordamos en el número 23 de la revista y que, como buena historia, merece ser compartida en la semana del Día del Libro: John Law.

Fue el único hombre que llegó a dirigir la política monetaria de un país europeo sin pertenecer ni a la nobleza, ni al clero, ni al funcionariado, sino al mundo del juego. También el primero en la era moderna en caer en la vieja tentación faustiana de la alquimia monetaria.

John Law no era un hombre de modales aristocráticos ni devoción religiosa. Era, en palabras del biógrafo James Buchan, “un brillante matemático, un jugador empedernido y un teórico del dinero con ideas demasiado grandes para las instituciones de su tiempo”. Recorrió Europa como fugitivo, acumulando fortuna en los casinos de Venecia y París, observando el sistema financiero desde los márgenes. Pero también leyendo. Estudió a Locke, debatió con economistas de Ámsterdam y Viena, y desarrolló una idea obsesiva: que el dinero no tenía que estar ligado al oro ni a la plata, sino a la confianza, al crédito, al intercambio comercial.

John Law, un radical en su época

Su tesis al respecto, publicada en 1705 con el título Money and Trade Considered, era tan ambiciosa como herética: el patrón monetario metálico constituía una limitación artificial que podía superarse de manera que las crisis de liquidez que afectan a los Estados —muy dados a gastar por encima de sus posibilidades— se resolvieran mediante papel respaldado por tierras, comercio o deuda pública. Nacía así la idea del dinero como convención social, no como un bien en sí mismo (y, por lo tanto, con valor intrínseco). Si un Estado era capaz de convencer a sus ciudadanos de que un trozo de papel vale lo que dice valer, entonces ese papel podía movilizar la riqueza de la nación mucho más que cualquier metal precioso. Nótese cómo, ya desde un inicio, el aventurero John Law confunde dinero y riqueza.

Era una idea radical. En la Inglaterra de la Revolución Gloriosa, con su emergente Banco de Inglaterra, que apoyaba su fuerte preeminencia justamente en una reverencia casi sacramental por el oro, Law, lógicamente, fue ignorado y tratado de majadero. Pero Francia era otra historia. Se trataba de una potencia agotada por décadas de guerras, con un sistema fiscal ruinoso y una monarquía absoluta que buscaba desesperadamente soluciones. Es entonces cuando entran en juego las tesis de John Law, para quien el dinero no era un depósito de valor (ahorro), sino un instrumento (crédito) para estimular los flujos del comercio: “El dinero es la rueda que hace girar el comercio. Si la rueda es escasa, el comercio se detiene. Si la rueda se multiplica, todo se pone en movimiento”.

Francia en ruinas, el crédito como salvación

A la muerte de Luis XIV en 1715, Francia no era el sol radiante del absolutismo barroco, sino un gigante agotado, endeudado hasta las cejas. Había librado más guerras que generaciones, desde los campos de Flandes hasta los Pirineos. Las alternativas eran pocas: más confiscaciones, más impuestos, más represión… o alguna genialidad.

Entonces aparece en escena John Law, un hombre que no pertenecía al clero, ni a la aristocracia, ni a la banca tradicional, pero que tenía una idea radical y una energía seductora. En él, el nuevo regente, Felipe de Orleans, vio algo distinto: un extranjero sin intereses creados, sin redes clientelares, pero con un proyecto claro para reanimar lo que entonces era un reino cadáver.

Francia no había experimentado aún con el papel moneda como Inglaterra. La idea de emitir billetes respaldados no por oro sino por “la riqueza futura de la nación” —tierras, comercio, deuda consolidada— era revolucionaria y tentadora. Pero también muy peligrosa.

La brisa de la liquidez

En 1716, John Law obtiene permiso para fundar el Banque Générale, una institución semiprivada con capacidad para emitir papel moneda respaldado por depósitos y deuda del Estado. El papel del banco empezará a circular —con cierto éxito inicial— y traerá una brisa de liquidez a una economía seca. Pero Law no se detuvo allí.

En paralelo, obtiene el control de una empresa de comercio colonial con derechos exclusivos sobre la prometedora y remota Luisiana francesa. Lo que sigue es uno de los actos más ambiciosos de ingeniería financiera del siglo XVIII: la fusión del banco con la compañía, la ampliación del crédito mediante papel, la monetización de las expectativas, y una campaña publicitaria que convirtió a un territorio pantanoso y apenas habitado en el nuevo El Dorado de Europa. Como escribe Janet Gleeson: “Lo que hizo John Law fue transformar la imaginación de un país en colateral. Convirtió una promesa en moneda. Y por un tiempo, funcionó”.

Francia, que hasta entonces había conocido la escasez como ley natural, descubría por fin la abundancia, aunque fuera únicamente una abundancia de papel (o como diríamos hoy en día, de estímulo monetario).

El Mississippi Scheme: dinero de papel, oro imaginario

Entre 1718 y 1720, París se convirtió en la capital del milagro financiero europeo. No por el oro ni por las mercancías, sino por el papel: billetes, acciones y otras promesas fluían como nuevas formas de dinero. John Law, con el beneplácito del regente, había fusionado su Banque Générale con la Compagnie d’Occident, otorgándole el monopolio del comercio con las colonias del Misisipi, que servía de promesa futura y daba lugar a una compleja red de crédito y expansión monetaria alimentada por la especulación y un optimismo desenfrenado.

Las acciones de la Compañía se ofrecían al público a precios que crecían con cada nueva emisión, un elemento que sigue siendo hoy síntoma de períodos de euforia en los mercados. Pero lo realmente innovador —y peligroso— fue que los inversores podían comprarlas utilizando papel emitido por el banco de Law, es decir, dinero que él mismo había creado. Se generaba así un ciclo autorreferencial explosivo: a más papel en circulación, mayor demanda de acciones; a mayor demanda, más subía la acción; y cuanto más subía, más papel se emitía.

Según relata Antoin Murphy, en 1719 había colas inmensas frente a las oficinas del banco en la Rue Quincampoix: nobles, mercaderes, mendigos y marquesas intercambiaban billetes, compraban acciones, revivían fortunas… o las inventaban. Era la democratización de la especulación, una fiebre que no distinguía entre clases.

De exiliado escocés a virtual primer ministro de un imperio

La acción de la Compañía, que había salido a cotizar a 500 libras, alcanzó las 10.000 en su punto álgido. Francia, que había vivido siglos de escasez monetaria, se encontró de pronto con una expansión de liquidez sin precedentes. Los precios subieron; los salarios, dependientes de la productividad, no tanto; y la ciudad vibraba entre el vértigo de la riqueza súbita y el murmullo de unos pocos que afirmaban que nada de aquello era real. El “dinero” de Law funcionaba si, y solo si, la gente creía que funcionaba.

En el apogeo de este esquema, John Law fue nombrado Contrôleur Général des Finances, el cargo más alto en la administración económica francesa. De exiliado escocés a virtual primer ministro de un imperio. Y todo gracias a una idea: que el dinero podía ser creado por decreto y respaldado por fe en unos beneficios futuros debidamente inflados. A todo esto, Luisiana no se vendía como lo que era —una tierra ignota, de desarrollo y explotación inciertos, cual start-up de nuevo cuño—, sino que se vendía con gran persuasión como lo que podría llegar a ser.

Llegados a este punto, supongo que muchos lectores, aun sin conocer este episodio, podrán ya intuir por dónde van los tiros. En efecto, la fe, como el crédito, es frágil; y, a veces, basta una leve sombra de sospecha para que todo caiga como un castillo de naipes.

Cuando el papel dejó de valer

Durante un tiempo, pareció que John Law había logrado lo imposible: reactivar la economía de Francia, reducir la deuda pública, generar empleo, multiplicar la circulación de bienes. Pero en el corazón de su sistema latía una contradicción estructural: la masa monetaria crecía más rápido que la riqueza real que se suponía la respaldaba (si es que dicha riqueza si quiera existía en primer lugar).

A medida que el precio de las acciones de la Compañía del Mississippi alcanzaba niveles estratosféricos, comenzaron las dudas. ¿Qué había realmente en Luisiana? ¿Dónde estaban los los beneficios del monopolio comercial? De momento todo era papel y promesas. Una riqueza que no estaba en ningún balance, tampoco en las arcas del Tesoro. Únicamente era un espejismo en la mente de los inversores.

A finales de 1719, esta confianza empezó a zozobrar. Los primeros en vender fueron los cortesanos con información privilegiada, y que disponían de una mayor visibilidad relativa sobre la riqueza y capacidades reales de Luisiana. Con estas ventas las acciones dejaron de subir. En las semanas siguientes, la fe que sostenía el sistema fue evaporándose poco a poco. Los poseedores de billetes corrieron a canjearlos por oro o bienes reales delante de las oficinas del Banque Générale, donde las colas se hacían cada vez más violentas.

Pánico total

Law intentó frenar la hemorragia de depósitos con medidas desesperadas: obligar a los comerciantes a aceptar papel, limitar las transacciones en oro (que lógicamente se disparó), y vanos intentos de confiscación de monedas. Todo fue inútil. La confianza es una criatura caprichosa: una vez se ha ido, no se la puede hacer volver por decreto.

En mayo de 1720, el pánico era total. El valor de las acciones se desplomó. El papel emitido por el banco valía cada vez menos. La inflación se disparó, mientras la euforia se transformaba rápidamente en ira. Law, ahora convertido en el hombre más odiado de Francia, tuvo que huir del país disfrazado,protegido por escoltas, y dejando atrás su fortuna y aspiraciones alquímicas.

Francia regresó al patrón metálico. El papel moneda quedó estigmatizado durante generaciones. La palabra “banquero” pasó a ser sinónimo de charlatán. Y el nombre de John Law fue borrado de las inscripciones oficiales, como si su aventura hubiese sido una herejía diabólica.

Estafador y hereje monetario

La historia suele juzgar a John Law como un estafador ilustrado, un alquimista del crédito que hizo volar la economía de Francia hasta que el papel se incendió y se dio de bruces contra el suelo. Al mismo tiempo, el experimento de Law confirmó una idea que hoy es fundamento de todo sistema monetario moderno: que el dinero no necesita de un anclaje sólido para ser eficaz. Solo necesita ser creíble. Todo, claro, desde la óptica del instituto emisor. Como sabemos, todo incremento de la masa monetaria por encima del crecimiento real de la economía (inflación), acaba en una pérdida de poder adquisitivo para los “usuarios”, normalmente forzosos y crédulos, de dicha promesa de dinero.

En un ensayo fundamental sobre la materia, La desnacionalización del dinero (1976), el premio Nobel de Economía F.A. Hayek, realizando una severa crítica al monopolio de emisión de dinero, observa de manera muy clara: “El caso de Law demuestra lo peligroso que es permitir que el Estado controle en exclusiva la emisión monetaria… pero también demuestra el poder inmenso que tiene el dinero cuando se basa en expectativas futuras y no en reservas pasadas”. Law encarna un riesgo que se repite en cada ciclo especulativo: el de confundir liquidez con riqueza, expectativa con realidad, circulación con creación. Como recuerda Chancellor, el gran problema no fue imprimir dinero, sino imprimirlo más rápido que el crecimiento del valor real que lo sostenía.

Y quizá por eso su historia resuena aún hoy. En un tiempo de dinero digital, criptomonedas, QE y confianza monetaria sin respaldo físico, la figura de John Law aparece no solo como una curiosidad del pasado, sino como una advertencia viva.

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