La desinformación se ha convertido en uno de los grandes desafíos estructurales de nuestro tiempo. Ya no es solo un problema informativo, sino un fenómeno con capacidad para alterar mercados, distorsionar decisiones y erosionar la confianza en instituciones públicas y privadas, entre otros. Un informe pone cifras a la magnitud de esta fuerza no visible, pero sí tangible.
Desinformar va más allá de dar o caer, en un función de si somos emisores o receptores, en una información falsa o errónea. No hablamos solo de una cifra, un dato o un acontecimiento no ajustado a la verdad visto en los medios o scrolleado en las redes, sino un acto deliberado con un objetivo particular: manipular, confundir o influir. Dicho en otras palabras: no es un daño colateral. Es un instrumento en sí mismo. Y una pieza más de muchos tableros tácticos.
Crear relatos falsos o sesgados, contagiar emociones como el miedo o la indignación, polarizar una sociedad para debilitar su cohesión o erosionar la confianza en instituciones, medios o políticos. En la era del acceso masivo a la información, la desinformación se conjura como su gran amenaza. Y esa amenaza es ya una ‘enfermedad’ que tiene un coste ‘medido’: 500.000 millones anuales.
Esa acción deliberada ha dejado de ser un problema informativo para convertirse en uno económico, y de gran magnitud. Más aún con el permiso de la IA, capaz de amplificar la capacidad de producir y difundir desinformación: desde generar imágenes y videos falsos, hasta crear miles de bots que amplifiquen una determinada narrativa.
Desinformación con tres niveles de impacto: el financiero, el más abultado
La consultora Sopra Steria ha presentado el estudio The Global Economic Impact of Desinformation, la primera cuantificación completa y multidimensional del impacto económico de la desinformación a escala mundial desde 2019. La investigación, realizada bajo la supervisión de un comité científico internacional y basada en una metodología inspirada en los protocolos del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático), combina un metaanálisis de trabajos existentes, el análisis de casos documentados y una modelización económica.
El ámbito financiero es, con diferencia, el más afectado. El estudio estima un impacto económico que oscila entre los 353.500 y los 456.400 millones de dólares, impulsado por prácticas que van desde reseñas falsas que condicionan decisiones de consumo hasta sofisticadas manipulaciones de mercado amplificadas por redes sociales. A ello se suman fraudes basados en inteligencia artificial, incluidos deepfakes capaces de imitar voces o identidades de directivos, y un ecosistema publicitario que continúa financiando sitios dedicados a la desinformación, entre otros. La combinación de estos factores ha creado un entorno en el que una noticia falsa puede mover millones en cuestión de minutos.
La vulnerabilidad del sector financiero no es casual. Su funcionamiento depende de dos pilares extremadamente frágiles ante la manipulación: la confianza y la información. Cualquier distorsión en estos elementos puede desencadenar reacciones en cadena que afectan a pagos, comercio electrónico, inversiones o crédito. Las instituciones financieras, situadas en el corazón de los flujos económicos, se convierten así en objetivos especialmente sensibles para actores malintencionados que buscan obtener beneficios económicos o desestabilizar mercados. Y en este contexto se resignifica, una vez más, el rol clave del asesor financiero como filtro de protección del cliente.
De lo informativo a lo económico
El impacto político y social, aunque menor en términos cuantitativos, también es significativo, según el mismo informe. La desinformación política genera costes crecientes asociados a interferencias electorales, campañas de propaganda y mecanismos de protección democrática. En el ámbito social, sus efectos se manifiestan en la salud pública, la salud mental, la polarización y la pérdida de confianza en las instituciones. Ambos terrenos muestran cómo la desinformación opera como un fenómeno interconectado: lo que comienza como un rumor financiero puede derivar en un conflicto político o en un problema social de gran escala.
El informe plantea un mensaje claro: la desinformación financiera no es un fenómeno marginal ni un riesgo puntual, sino una amenaza estructural que exige respuestas coordinadas. Las empresas necesitan reforzar sus sistemas de verificación y reputación, los reguladores deben actualizar sus marcos de supervisión y los ciudadanos requieren mayor educación financiera para identificar señales de alerta. La capacidad de distinguir lo verdadero de lo falso es un activo económico esencial.
El estudio de Sopra Steria destaca, además, un fenómeno revelador: la brecha entre los beneficios que genera la desinformación y los recursos destinados a combatirla. Mientras que grandes plataformas y actores maliciosos pueden generar miles de millones mediante contenido fraudulento, el presupuesto global dedicado al fact-checking no alcanza los 100 millones de dólares.

