Icono del sitio Asesores Financieros – Efpa

Banco de Inglaterra cómo una guerra sin financiación alumbró la arquitectura del capitalismo moderno

Acorralado por la guerra contra Luis XIV de Francia, el rey Guillermo III de Inglaterra afronta una grave crisis fiscal. En 1694, William Paterson propone una solución inédita: financiar al Estado con capital privado, dando origen al Banco de Inglaterra. Así nace el prestamista de última instancia: una deuda de guerra que transformó para siempre el sistema financiero. En el número 24 de Asesores Financieros EFPA viajamos hasta los orígenes fundacionales del Banco de Inglaterra. Este es un resumen de lo más relevante, pero no te pierdas el texto original.

Londres, invierno de 1693. El Támesis lleva semanas parcialmente helado. En los cafés de Exchange Alley —Jonathan’s, Garraway’s, Lloyd’s— los corredores discuten contratos entre vaharadas de tabaco. La City, ese kilómetro cuadrado de ambición concentrada, no ha dejado de crecer desde el Gran Incendio.

Pero el rey Guillermo III no tiene tiempo para contemplar la prosperidad de sus súbditos. Lleva cuatro años enredado en la Guerra de la Gran Alianza contra la Francia de Luis XIV, un conflicto que vacía metódicamente las arcas del Tesoro. El gobierno no consigue colocar sus bonos —décadas de guerras civiles e impagos han destruido la confianza en la deuda de la Corona— y subir impuestos tiene un coste político inasumible para un rey recién llegado al trono tras la Revolución Gloriosa. En Westminster saben que sin dinero fresco no hay ejércitos, y sin ejércitos no hay reino.

En ese contexto de urgencia fiscal y guerra permanente nace, en 1694, la institución que más profundamente ha transformado las finanzas modernas: el Banco de Inglaterra.

Un promotor escocés y un trato conveniente

La solución no vino de un economista ni de un estadista, sino de un hombre de negocios con un plan audaz y, para algunos, escandaloso. William Paterson era un promotor escocés de cuarenta años, fundador fallido de la colonia de Darién en Panamá —uno de los mayores desastres coloniales británicos—, pero con una mente financiera genuinamente original. En 1693 se presentó ante el comité de los Comunes encargado de financiar la guerra con una propuesta casi provocadora en su simplicidad: un grupo de inversores privados prestaría al gobierno 1,2 millones de libras al 8%, siempre que el Parlamento le concediese a cambio el privilegio de operar como banco, emitir billetes y custodiar los depósitos del Estado.

La mecánica era tan novedosa como sus implicaciones: los socios de Paterson no necesitaban tener ese dinero en metálico para prestarlo, lo crearían en forma de billetes, papel que circularía como dinero gracias al respaldo implícito del Estado. El gobierno obtenía la financiación que el mercado le negaba; los promotores, un monopolio bancario sancionado por ley. Niall Ferguson lo describe como «una de las más creativas —y discutibles— innovaciones en la historia de las finanzas públicas»: el Estado y la banca privada se fundían en un abrazo que duraría siglos.

El Parlamento aceptó. El 27 de julio de 1694, con las palabras «Laus Deo in London» inscritas en el primer libro de registro, el Banco abría sus puertas en Grocers’ Hall. El propio Guillermo III y varios parlamentarios que habían votado su creación se apresuraron a suscribir acciones.

¿Por qué Inglaterra y no Francia?

Francia era en 1694 la mayor potencia de Europa, con una población cinco veces superior a la inglesa. Sin embargo, fue Londres —y no París— quien desarrolló el modelo de banco central que se replicaría en el mundo entero.

David Landes ofrece la clave en La riqueza y la pobreza de las naciones: la diferencia no era económica sino institucional. Tras la Revolución Gloriosa, el rey inglés no podía subir impuestos ni endeudarse sin consentimiento del Parlamento. Esa restricción, que en apariencia limitaba el poder del Estado, paradójicamente lo hacía más creíble ante unos acreedores que ganaban garantías jurídicas de cobro. Y lo cierto es que Inglaterra no inventó nada: cinco siglos antes, en 1188, Alfonso IX convocó las Cortes de León —cuna del parlamentarismo europeo— con garantías procesales, respeto a la propiedad y consulta a las ciudades sobre impuestos.

En Francia ocurría lo contrario. El absolutismo de Luis XIV era formidable en lo militar, pero su arbitrariedad convertía en apuesta arriesgada prestar dinero al rey: podía repudiar deudas, confiscar fortunas o ignorar contratos cuando le convenía. El crédito le resultaba, pese a su tamaño, más caro que a su rival inglés. Décadas después la asimetría quedaría expuesta con el experimento de John Law —del que ya hemos hablado en estas páginas—, que terminó en catástrofe por importar a un sistema absolutista un modelo que solo funcionaba donde existían contrapesos genuinos.

El Banco de Inglaterra fue, en el fondo, un nuevo contrato entre el Estado y los mercados basado en la credibilidad institucional. Una arquitectura frágil que Europa tardaría un siglo en comprender y otro en imitar.

La fábrica de dinero y su primer tropiezo

El Banco emitió de inmediato billetes por £760.000, la mayor parte destinada a comprar deuda pública. El efecto inflacionario fue considerable, y en apenas dos años se encontró técnicamente insolvente tras una corrida alentada con cierta satisfacción por sus competidores naturales: los orfebres londinenses (goldsmiths), proto-banqueros que custodiaban oro y emitían recibos de depósito.

Lo que sucedió entonces sentó un precedente que llega hasta hoy. En mayo de 1696 el gobierno autorizó al Banco a suspender el pago en especie —a negarse a canjear sus billetes por oro— mientras seguía emitiendo papel y exigiendo puntualidad a sus deudores. A finales de año circulaban £765.000 en billetes respaldados por apenas £36.000 en metálico. Una cobertura del 5%.

Murray Rothbard, en The Mystery of Banking, ve ahí «un precedente grave y pernicioso»: la idea de que una institución podía incumplir sus compromisos con el respaldo del Estado y seguir operando sin consecuencias, a costa de los tenedores de billetes. Los pagos se reanudaron dos años después, pero la pauta estaba fijada: cuando el Banco se veía en apuros, el gobierno acudía al rescate.

Es un patrón que reconoceremos, con distintos nombres y mayor escala, en 1797, en 1931 y de nuevo —con toda su brutalidad— en 2008.

La construcción del monopolio

Lo que siguió fue una consolidación sistemática del privilegio. En 1697 el Parlamento prohibió crear nuevas entidades bancarias corporativas y convirtió en delito capital falsificar billetes del Banco; en 1708 amplió la muralla: ninguna sociedad de más de seis socios podría emitir billetes a la vista ni prestar a corto plazo. El Banco quedaba como único emisor relevante de papel moneda; sus competidores posibles eran pequeñísimos bancos locales —los futuros country banks— que acabarían usando sus billetes como reservas de su propia pirámide de crédito.

La única competencia que llegó a amenazarlo —la South Sea Company, creada en 1711 con el apoyo de los tories— terminó, como ya vimos, en el escándalo que arrastró a Isaac Newton. Paradójicamente, el colapso de la burbuja en 1720 dejó al Banco más fuerte que nunca: era el único superviviente en pie.

Porque el Banco de Inglaterra nació para financiar una guerra, no para estabilizar la economía ni controlar los precios. Lo único relevante era asegurar al Estado acceso permanente al crédito. Todo lo demás —la independencia, la vocación de estabilidad— vino después, sobre unos cimientos puramente fiscales.

Inglaterra: el modelo que conquistó el mundo

A lo largo del siglo XVIII la institución aprendió, a base de crisis y suspensiones, a gestionar la liquidez del sistema. En 1797 volvió a suspender pagos durante veinticuatro años —hasta 1821—, en la mayor expansión monetaria de su historia hasta entonces. Fue entonces cuando Henry Thornton formuló, en 1802, la primera teoría del banco central moderno: el Banco debía actuar como prestamista de última instancia, inyectando liquidez en los pánicos para evitar el colapso en cadena. Una función que Walter Bagehot sistematizaría en Lombard Street (1873) con la fórmula que sigue citándose hoy: prestar libremente, a tipo penalizador, contra colateral sólido.

El modelo se exportó con el Imperio. El Banco de Francia nació en 1800 por iniciativa de Napoleón, que entendió tarde la ventaja que el crédito había dado a sus rivales. El Riksbank sueco (1668) y el Banco de Ámsterdam (1609) fueron precursores, pero fue el inglés el que estableció la plantilla: en 1913 Estados Unidos creó la Reserva Federal mirando a la City. Lo que Paterson había diseñado como mecanismo de emergencia para financiar una guerra se había convertido en la arquitectura básica del capitalismo moderno.

El legado del Banco de Inglaterra y sus sombras

El Banco de Inglaterra cumplió su tricentenario en 2024. Ha pasado de Grocers’ Hall a ocupar toda una manzana de la City; de sindicato de acreedores del Estado a árbitro monetario de la quinta economía del mundo. Ha atravesado dos guerras mundiales, el patrón oro y su abandono, la crisis del petróleo y la Gran Crisis Financiera de 2008.

Su historia es la de la tensión irresuelta que lo fundó: el interés del Estado —que siempre quiere más crédito y más barato— frente a la disciplina monetaria que cualquier sistema sano requiere. Cuando se ha resuelto a favor del primero, el resultado ha sido inflación, burbujas y crisis. Cuando se ha impuesto la segunda, la mayor parte de las veces ha habido prosperidad y estabilidad.

William Paterson no vivió para ver nada de esto. Murió en 1719, arruinado por el desastre de Darién, un año antes del estallido de la Burbuja de los Mares del Sur y a pocos meses de que John Law comenzase en París su experimento paralelo. Como tantas veces en la historia de las finanzas, el arquitecto y el destino de la institución son dos historias distintas.

5/5 - (1 voto)
Salir de la versión móvil