Los ataques de Estados Unidos contra Irán han vuelto a sacudir los mercados financieros y a frustrar las expectativas de estabilización de los precios energéticos. El bloqueo de los principales pasos marítimos, la creciente incertidumbre geopolítica y los beneficios extraordinarios que está obteniendo parte del sector energético plantean una pregunta incómoda: ¿existen realmente incentivos suficientes para poner fin a un conflicto que amenaza con prolongarse? Un análisis de Daniel Baeza.
Un mercado que subestimó el riesgo
Los bombardeos de Estados Unidos en Irán en junio de 2025 y desde febrero de 2026 han tomado por sorpresa a muchos participantes en el mercado financiero, en un momento en el que se pensaba que lo peor en cuanto a los precios del petróleo y del gas, tras la guerra en Ucrania, ya había pasado y que el mercado se dirigía hacia una estabilización.
Igual de sorprendidos se han quedado muchos cuando, tras la tregua de abril de 2026 y el Memorando de Islamabad en junio, Estados Unidos volvió a atacar Irán, a pesar del casi consenso de que había quedado estratégicamente en jaque por Irán, como reconocieron el consejo editorial de The New York Times (President Trump Lost This War), la revista Fortune (Epic Fury Looks Like an Epic Fail) y otros periódicos, políticos y expertos militares (Donald Trump Has Lost the Iran War).
Los precios del petróleo y del gas natural estaban registrando incluso variaciones moderadas, con tendencia a la baja, lo que mostraba un mercado bastante optimista, que creía en la racionalidad de los actores involucrados y en lo obvio: que Estados Unidos llegaría a un acuerdo con Irán para frenar el desgaste ante la opinión pública de esa operación malograda.
Sin embargo, ha ocurrido lo contrario, con nuevos bombardeos completamente inefectivos alternados con anuncios de posibles acuerdos, mientras el barril de petróleo se mantiene alrededor de los cien dólares, sin expectativas reales de solución al conflicto. ¿Cómo ha podido involucrarse Estados Unidos, un país históricamente pragmático, en tal situación?
Soleimani: el origen de una escalada
En realidad, el conflicto entre estos dos países no comenzó ni en febrero de 2026 ni en junio de 2025, sino el 3 de enero de 2020, al final del primer mandato de Donald Trump, cuando ordenó el asesinato del general Qasem Soleimani, uno de los comandantes más destacados de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní (CGRI).
Ese día, por primera vez en la historia de Irán, se izó una bandera roja sobre la cúpula de la mezquita de Jamkaran (un lugar sagrado con más de mil años de antigüedad), lo que anunciaba que se había derramado sangre inocente y llamaba a la venganza. Para que se comprenda la gravedad del acto estadounidense, ni siquiera durante la guerra de Irán contra Irak, que duró casi ocho años, se produjo un acto similar.
Quién era el general
El general Soleimani era una de las figuras públicas más populares del país y era considerado por muchos como el brazo derecho del ayatolá Jamenei. Algunos incluso lo veían como un potencial candidato a la presidencia, dada su popularidad. Se le atribuye un papel fundamental en la derrota y expulsión de los terroristas del ISIS de Irak y en su debilitamiento en Siria. Para muchos analistas internacionales, el asesinato de Soleimani fue una declaración de guerra contra Irán.
Desde entonces, es muy probable que Irán haya empezado a prepararse para un conflicto armado con EE. UU., lo que se confirma por la intensidad y continuidad de los ataques con misiles y drones iraníes altamente sofisticados contra Estados Unidos, Israel y los países vecinos del golfo Pérsico. Solo un país muy bien preparado poseería un arsenal tan tecnológicamente avanzado. De la misma manera, la decisión iraní de bloquear el estrecho de Ormuz no se habrá tomado a la ligera, sobre todo cuando se observa su efectividad, que ha llegado a eliminar prácticamente el tránsito por el estrecho.
Ormuz y Bab el-Mandeb: la presión sobre el suministro energético
Como si el bloqueo de Ormuz no bastara, los avances del grupo yemení Ansar Allah (los «hutíes») y los ataques a Arabia Saudí (sobre todo a las infraestructuras de la petrolera Aramco) han resultado en la conquista de diversos puntos clave, como las islas y la base militar en el estrecho de Bab el-Mandeb (que significa «Puerta de las Lamentaciones»), en el sur del mar Rojo, que es aún más angosto que el de Ormuz (solamente 20 kilómetros frente a 60).
Esto también evidencia una preparación para el conflicto, con el uso de armamento avanzado, como misiles balísticos, drones y un sistema antiaéreo que ha logrado derribar un caza F-15 saudí. Tales armamentos, que evidentemente no se producen en Yemen, revelan una estrategia y una logística pensadas a largo plazo y, por tanto, la implicación velada de otros países en el conflicto.
En este contexto, el bloqueo de los estrechos de Ormuz y Bab el-Mandeb puede verse como una operación de guerra asimétrica que se ha estado preparando durante años en respuesta a los diversos intentos estadounidenses de controlar Irán y Yemen.
Estados Unidos, ante las elecciones del 3 de noviembre
Al igual que ocurrió con el asesinato de Soleimani, los asesinatos del ayatolá Jamenei y de casi toda la cúpula del Gobierno iraní no solo no han logrado un cambio de régimen, como en Irak, Libia, Siria o Venezuela, sino que lo han fortalecido, atrayendo suficiente apoyo de su población hacia el cierre de Ormuz y Bab el-Mandeb como instrumentos de presión contra Trump, y que no parece que cesarán antes de las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre, que decidirán qué partidos controlarán las dos cámaras del Congreso estadounidense.
Y, con la baja popularidad de Donald Trump (solo un 35% de aprobación, según The Economist), hay una gran posibilidad de que el Partido Demócrata, si logra controlar las dos cámaras, intente destituir a Trump, lo que significaría una prolongada crisis en el Gobierno estadounidense hasta que se resuelva su situación y, por ende, una incertidumbre en el mercado financiero que se prolongaría más allá de noviembre.
Estados Unifos, petróleo, gas e inflación: las consecuencias para Europa
Si todo ese cuadro se mantiene, lo que es muy probable, los precios del petróleo y del gas continuarán al alza, lo que impactará en toda la cadena productiva, generará más inflación y aumentará la tensión sobre las reservas de gas europeas para el invierno, que ya están muy por debajo del nivel ideal (en torno al 60 %), y los países de la Unión Europea seguirán siendo incapaces de cambiar la situación actual.
En pocos años se han multiplicado las ocasiones en las que se pone de manifiesto la impotencia de Estados Unidos y de los países europeos para imponer su voluntad a otros países: así ha ocurrido con China, con Rusia, con Irán y, ahora, ni siquiera con Yemen lo consiguen. Porque estos países, al igual que muchos operadores del mercado financiero actual, han olvidado que detrás de las cifras hay sociedades humanas construidas sobre una historia común, cuyos valores no se dejan necesariamente llevar por influencias, modas o presiones externas.
Un orden mundial que ya no responde a las reglas de Occidente
Irán es un país de 92 millones de habitantes, con una historia de más de dos mil años y un territorio tres veces más grande que el de España, rodeado de desiertos y cadenas montañosas que hacen casi imposible una invasión. Un país que ya fue un imperio grandioso como el persa tiene un legado cultural y de experiencia militar que no desaparece ni con la decapitación de su cúpula política.
Las situaciones de resiliencia cultural con las que se encuentra perplejo el inversor occidental hoy en Irán, Rusia, China, India y tantos otros países son un llamamiento a reevaluar sus estrategias en otros mercados y a adaptarse, porque cada vez está más claro que el plomo de la balanza está cambiando de lado.
No se trata, por lo tanto, de una simple guerra entre Irán y Estados Unidos. Es un conflicto entre dos visiones del mundo diferentes: una, la de un Occidente en proceso de desindustrialización, cada vez más alejado de la economía real, embriagado por un pasado unipolar que ya no existe; y otra, la de un Oriente multipolar, que hoy concentra la mayoría de los mercados consumidores y centros fabriles del mundo, orgulloso de sus tradiciones y que ya presiente el ocaso de Estados Unidos, arrastrando consigo a todos los que dependen de él.
Los beneficiarios económicos de la guerra
Pero, al contrario de lo que uno podría pensar, la situación caótica en la que hoy vivimos ha beneficiado a muchos grupos: un estudio de la minoría de la Comisión Económica Conjunta del Congreso de Estados Unidos ha concluido que Donald Trump ha ganado 15 millones de dólares con la valoración de sus acciones en empresas petroleras y de gas estadounidenses desde el comienzo del conflicto con Irán, y que estas han reportado un beneficio de 125.000 millones de dólares hasta agosto de 2026, sus mejores resultados de los últimos seis años.
Arabia Saudí necesita, según cálculos del FMI y de Bloomberg, que el petróleo se mantenga entre 85 y 96 dólares el barril para mantener su equilibrio presupuestario, lo que no sería muy diferente de lo que necesitan las otras monarquías del golfo Pérsico. Asimismo, las petroleras europeas Repsol y TotalEnergies han reportado, respectivamente, beneficios netos un 265 % y un 72 % mayores en el primer semestre de 2026 que en el mismo periodo del ejercicio anterior.
El problema que se plantea es, por lo tanto, si habría prisa por resolver este conflicto.

