Hay una frase que escucho de forma recurrente cuando recomiendo opciones de inversión a personas que nunca han invertido. “Qué pena no haber sabido esto antes”. Y es que la educación financiera debería empezar a enseñarse en las aulas desde Primaria. Seguro que ganaríamos mucho como sociedad y se evitarían numerosos problemas en el futuro.
Quienes sois padres, ¿os habéis fijado en cómo son las aulas actuales? ¿Pensáis que distan mucho de las de hace cuarenta o cincuenta años? El parecido es considerable. Las mesas y las sillas siguen siendo muy similares a las que había cuando yo iba al colegio, hace treinta y cinco años. Continúan orientadas en la misma dirección, mirando hacia delante. La pizarra, las tizas, los borradores, etc., también siguen presentes. Actualmente, eso sí, hay más tecnología: quizá un proyector y un ordenador, como mínimo.
Las aulas siguen siendo prácticamente las mismas, pero el mundo en el que viven los niños y las niñas ha cambiado radicalmente. El colegio ha evolucionado muy poco en comparación con la enorme transformación experimentada por la sociedad durante las últimas décadas. Por ello, sería necesario introducir cambios prácticos, y la enseñanza financiera debería ser uno de ellos, sin lugar a dudas.
¿Qué consecuencias tiene la falta de educación financiera desde la infancia?
Cuando los niños crecen y se convierten en adolescentes, la falta de educación financiera puede provocar hábitos de consumo deficientes, que generan gastos impulsivos e incapacidad para diferenciar entre necesidades y deseos. Lo vemos continuamente: hoy en día, con un solo clic, se puede comprar casi cualquier cosa, y las compras impulsivas no dejan de aumentar.
Otra consecuencia muy evidente es la ausencia de hábitos de ahorro e inversión. Es fundamental educar a los adolescentes para que desarrollen una cultura del ahorro y aprovechen su mejor baza: el horizonte temporal. Asimismo, una consecuencia especialmente negativa es el aumento del endeudamiento. Constantemente recibimos mensajes que incentivan la financiación de compras, el uso de tarjetas de crédito o la contratación de préstamos al consumo. Hoy en día, realizas una compra y, casi por inercia, te ofrecen dividir el pago en varios plazos.
Esta situación constituye una auténtica lacra que podría mitigarse con una educación financiera de calidad desde edades tempranas. En este ámbito, las entidades financieras tampoco ayudan demasiado; sin embargo, es comprensible que busquen actividades rentables, y el crédito al consumo lo es.
Sin educación financiera, la planificación económica se complica considerablemente. Resulta más difícil elaborar y cumplir un presupuesto personal o familiar, así como establecer objetivos financieros a corto, medio y largo plazo.
Por otro lado, existe una mayor vulnerabilidad frente a fraudes y estafas financieras, fenómenos que hoy están a la orden del día y resultan muy accesibles para los ciberdelincuentes. La falta de educación financiera también puede incrementar la desigualdad, ya que conduce a decisiones económicas poco acertadas que limitan la capacidad de inversión y dificultan el acceso a la educación, la vivienda o el emprendimiento, perpetuando círculos viciosos de pobreza y exclusión.
Asimismo, puede propiciar una mala toma de decisiones laborales y favorecer el conformismo. Incluso puede agravar determinadas brechas de género al aumentar la vulnerabilidad de quienes cuentan con una menor formación financiera. En última instancia, puede afectar seriamente a la salud mental, provocando estrés y ansiedad derivados de los problemas económicos.
Conceptos clave que habría que explicar de forma sencilla desde Primaria
• Presupuesto:
podríamos explicárselo a un niño como un plan en el que organizamos en qué gastamos el dinero y cuánto debemos reservar para ahorrar. Por ejemplo, si la abuela me da diez euros, podemos decidir gastar seis euros y guardar cuatro en la hucha.
• Ahorro:
es la parte del dinero que decidimos guardar para utilizarla más adelante. Por ejemplo, reservar una parte de la paga para comprar un libro en el futuro o para alcanzar cualquier otro objetivo a más largo plazo.
• Interés:
para que un niño lo entienda, podríamos decirle que es el dinero extra que puedes recibir por ahorrar o el dinero extra que debes pagar cuando pides dinero prestado. Por ejemplo, si guardas monedas en un banco durante un tiempo, este puede darte una cantidad adicional como recompensa. Por el contrario, si pides prestados diez euros, quizá tengas que devolver once.
• Crédito:
puede definirse de forma sencilla como el hecho de pedir dinero prestado con la promesa de devolverlo más adelante. También conviene explicar que debe utilizarse con prudencia y, preferiblemente, para fines productivos.
• Riesgo:
es la posibilidad de perder dinero o de que las cosas no salgan como esperabas. Por ejemplo, gastar todo el dinero disponible en juguetes puede hacer que después no tengas recursos para otras necesidades o deseos más importantes.
• Inflación:
este concepto puede explicarse como el fenómeno por el que los precios aumentan con el tiempo. Por ejemplo, un juguete puede costar hoy cinco euros y, dentro de un año, seis. Con los mismos cinco euros ya no podrías comprarlo.
Estos conceptos son básicos y, a mi modo de ver, deberían enseñarse de manera clara y progresiva desde Primaria. Además, la enseñanza tendría que ser activa, con ejemplos prácticos que permitieran a los niños aprender jugando e interiorizar mejor los conocimientos.
Sería conveniente crear una asignatura específica de educación financiera. Por ejemplo, podrían desarrollarse proyectos que simulasen la creación de una empresa: diseñar productos, calcular costes, fijar precios y elaborar presupuestos. También podría recrearse la administración económica de una familia para aprender a cubrir gastos, ahorrar y reaccionar ante acontecimientos imprevistos, como averías o gastos médicos. Del mismo modo, se podría crear un banco virtual en las aulas para que los niños aprendieran a abrir cuentas, ahorrar o solicitar préstamos mediante fichas y cuadernos de registro.
Pongamos un ejemplo
Imaginemos que una adolescente recibe una paga de cuarenta euros al mes. Nadie le ha enseñado a organizar su dinero, así que suele gastarlo durante los primeros días en ropa, comida a domicilio o pequeñas compras por internet. Cuando surge un gasto inesperado, por ejemplo, reparar la pantalla de su teléfono, no dispone de dinero y termina pidiéndoselo a sus padres o aplazando el pago.
Ahora imaginemos que esa misma adolescente ha aprendido en el colegio a elaborar un presupuesto. Al recibir su paga, decide reservar diez euros para ahorrar, destinar veinticinco euros a sus gastos habituales y guardar cinco euros para imprevistos. También ha aprendido a detenerse antes de comprar y a preguntarse si realmente necesita aquello que desea.
Unos meses después, su teléfono se estropea. La avería sigue siendo un problema, pero ya no se convierte en una urgencia económica: puede afrontar parte del coste con el dinero que ha ido reservando y evita endeudarse o depender completamente de otras personas.
La diferencia no está en la cantidad de dinero que recibe, porque es exactamente la misma. La diferencia está en saber administrarlo.
Eso es lo que aporta la educación financiera: no garantiza que nunca aparezcan dificultades, pero proporciona herramientas para afrontarlas con mayor autonomía, responsabilidad y tranquilidad.
No podemos evitar que nuestros hijos cometan todos los errores de la vida, pero sí podemos evitar que los cometan por desconocimiento. Enseñar educación financiera desde pequeños no garantiza que todos sean ricos, pero sí les proporciona una mayor libertad para decidir su futuro.

