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El largo y peligroso ciclo de la deuda: ‘Cómo quiebran los países’

Cómo quiebran los países puede leerse como una suerte de teoría general del colapso de la deuda soberana a partir del estudio sistemático de infinidad de casos prácticos. Pese a las limitaciones académicas del autor, Ray Dalio ofrece algunos datos, intuiciones y descripciones de complejas dinámicas de interés, con múltiples ecos de la teoría del ciclo económico de la Escuela de Viena. Despedimos agosto con una lectura recomendada de Luis Torras.

El crédito como origen de todo

Toda la arquitectura del libro descansa sobre una idea aparentemente simple: el crédito —tan apetecible por impulsar a corto plazo la demanda agregada— es, ante todo, una promesa de pago futuro. Cuando los países abusan de este mecanismo hasta el punto de ser incapaces, pasado el tiempo, de honrar dichas obligaciones de manera consistente, quiebran. Aunque, como desarrolla después el libro, no siempre quiebran como lo haría una “persona normal”.

Al final, el crédito genera demanda presente, pero también una deuda. La deuda no es mala per se; bien utilizada, permite suavizar ciclos, financiar inversiones productivas y acelerar el crecimiento. El problema aparece cuando esta crece más rápido que los ingresos destinados a servirla, y cuando el sistema político se acostumbra a refinanciar el pasado en lugar de corregir el presente, o simplemente es incapaz de reformarse para generar más recursos de manera sólida.

Como en otros de sus libros, las descripciones de Dalio son netamente mecánicas. El ciclo de deuda comienza de forma inocente: un país sale de una crisis previa con niveles de deuda bajos, instituciones fuertes y margen para crecer. El crédito fluye, la economía se expande y la deuda aumenta, aunque de forma manejable.

Con el tiempo, pueden llegar los excesos. La deuda empieza a crecer no solo para invertir, sino para mantener niveles de vida (gasto), financiar déficits estructurales o inflar precios de activos.

Deuda, la fase peligrosa

La fase peligrosa aparece cuando el crecimiento depende cada vez más del crédito y cada vez menos de la productividad. En ese momento, el sistema se vuelve frágil: pequeños cambios en tipos de interés, inflación o confianza pueden hacer colapsar lo que es, en realidad, una estructura económica cada vez más debilitada y artificial.

En este sentido, el detonante de las grandes crisis no suele ser el nivel absoluto de deuda, sino la dinámica de refinanciación. Cuando un país necesita emitir cada vez más deuda simplemente para pagar intereses y vencimientos anteriores, entra en una espiral de deuda de la que es muy difícil salir: una espiral en la que el aumento del coste de financiación empeora la solvencia, lo que a su vez exige mayores primas de riesgo. Los instrumentos de deuda se vuelven letales para el inversor cuando el comprador marginal desaparece.

Deuda y su impacto en la sociedad

Uno de los valores del libro es no limitarse al impacto financiero, sino integrar el ciclo político y social. La inflación de la moneda (su pérdida de valor) supone un golpe directo a la línea de flotación de la convivencia social. Como señaló Friedman, la inflación es un impuesto que no pasa por el Parlamento: el gobierno deja de estar debidamente fiscalizado y el impacto entre rentas del trabajo y del capital, o entre ahorradores (bonos) e inversores (acciones), se convierte en algo injusto y arbitrario.

Las decisiones se vacían de contenido político, y las clases trabajadoras y medias quedan condenadas a un proceso de precarización, lo que genera un terreno fértil para el populismo y la polarización política. Unas tensiones que, en clave geopolítica e internacional, también suelen venir acompañadas de repliegues proteccionistas y tensiones territoriales.

Cómo quiebran los países ofrece una guía de cómo, históricamente, un gasto público insostenible da lugar a patrones que se repiten con resultados similares. En la actualidad, el mundo sostiene niveles de deuda récord en casi todos los países occidentales; una deuda que tensiona el sistema financiero y obliga a imprimir dinero, con consecuencias de segundo orden relevantes desde el punto de vista de la preservación del capital a largo plazo.

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