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Alejandro Campot: “El profesional tendrá que preguntarse: ¿por qué alguien me pagaría a mí en vez de usar una IA?”

El asesor financiero del futuro (y ya del presente) ‘competirá’ con herramientas capaces de analizar información, interpretar conversaciones e incluso detectar emociones. En ese escenario, el psicoanalista, ensayista, profesor e investigador Alejandro Campot cree que la verdadera cuestión ya no es qué podrá hacer la IA, sino qué motivos tendrán las personas para seguir buscando a otras personas.

De ello hablará en la próxima Jornada de Asesoramiento Financiero de EFPA España, que tendrá lugar en Málaga, y donde defenderá que el valor diferencial de los profesionales pasará cada vez más por cultivar aquellas dimensiones de la experiencia humana que no pueden reducirse a información. Este es un pequeño avance.

La IA es cada vez más capaz de analizar información y ofrecer respuestas. ¿Qué capacidades específicamente humanas cree que seguirán siendo insustituibles en profesiones basadas en la confianza, como el asesoramiento financiero?

Para responder, primero habría que preguntar a qué llamamos exactamente capacidades “insustituibles”. En el fondo, asistimos a una revolución industrial de la inteligencia: así como la producción en masa democratizó los bienes que antes solo hacía el artesano, hoy la IA masifica la funcionalidad de las capacidades cognitivas.

En las profesiones basadas en la confianza, como el asesoramiento financiero, ocurrirá lo mismo: todos tendrán acceso a agentes virtuales muy económicos o a servicios de élite automatizados. Por eso, el profesional del futuro tendrá que responder a una pregunta inevitable: ¿por qué alguien me pagaría a mí en vez de usar una IA?

La respuesta no está en la información ni en la razón, sino en el vínculo. Quien acuda a un profesional en el futuro lo hará porque quiere a un humano. Sencillamente, porque agentes ya tendrá a su disposición. No se trata solo de una lista de virtudes técnicas o empáticas, sino de la propia naturaleza del encuentro entre dos personas, respaldada por la excelencia profesional.

Paradójicamente, la gran pregunta que nos deja esta transformación no es qué puede hacer la máquina, sino qué grado de humanidad nos queda por cultivar a nosotros mismos. Y con esto no me refiero únicamente a valores éticos, aunque por supuesto los incluya, sino a aquello que nos dará un lugar en el futuro mundo profesional.

En las decisiones económicas intervienen emociones como el miedo, la incertidumbre o el exceso de confianza. ¿Hasta qué punto puede una IA comprender estos factores y ayudar a las personas a tomar mejores decisiones?

La inteligencia artificial puede comprender esos factores absolutamente y mejor que un humano en todo lo que está cifrado en lenguaje. Al fin y al cabo, cuando un cliente y un asesor se reúnen, antes de planificar cifras están hablando. Y toda profesión humana está mediada por el habla; por lo tanto, todo lo mediado por el lenguaje es procesable y emulable por la máquina.

El punto clave no es si la IA puede descifrar o no el miedo o la incertidumbre, porque puede hacerlo con precisión analítica, sino que el cliente del futuro acudirá a un profesional humano simplemente porque quiere a un humano. Ahí es donde las cualidades humanas pasan a convertirse en el verdadero factor diferencial.

Esta cuarta revolución industrial sacude por completo el paradigma tradicional. Nos obliga a preguntarnos qué significa verdaderamente ser humano y cuál es nuestro valor diferencial, ya que la antigua “economía del conocimiento”, donde bastaba con haber estudiado para tener ventaja, ha muerto.

Como trabajamos en The Consciousness Lab, entendemos que cultivar lo humano implica comprender que existen distintos niveles en esas capacidades: algunas son superficiales, pero otras exigen entrenamientos rigurosos y profundos durante años. El valor futuro residirá precisamente en cultivar ese estrato más elevado de la humanidad.

A medida que delegamos más tareas y decisiones en sistemas inteligentes, ¿existe el riesgo de perder capacidad de juicio propio? ¿Qué deberían hacer los profesionales para evitarlo?

El riesgo no solo existe, sino que está comprobado. En The Consciousness Lab denominamos a este fenómeno atrofia de funciones psíquicas. El ser humano, al acostumbrarse a delegar de manera sistemática, pierde sus capacidades de forma rápida y progresiva, empobreciendo toda su vida psíquica y emocional.

Esta realidad no la vemos solo en los niños frente a las pantallas, sino también en adultos y profesionales que celebran ingenuamente dejar de pensar porque la máquina lo resuelve todo. Es un gran error.

Para evitar que nuestro juicio se atrofie, debemos seguir tres pasos claros: comprender la existencia del riesgo y sus verdaderas dimensiones; entender el mecanismo mediante el cual se produce esa pérdida de facultades; y emplear recursos activos para contrarrestarla.

Así como hace décadas surgieron los gimnasios para entrenar el cuerpo ante una vida cada vez más sedentaria, el futuro exigirá gimnasios para entrenar las funciones psíquicas y el juicio propio. Precisamente hacia ese horizonte apuntamos en The Consciousness Lab.

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